La actividad física, la motricidad y el deporte forman parte integrante, cada día más, de las actividades educativas y han de ser utilizadas como medio de mantenimiento sano del propio cuerpo. Ir al gimnasio es, en la actualidad, una rutina más a cumplir dentro de nuestro día a día.
Un problema habitual, en el caso de los niños afectados por cualquier forma de discapacidad, incluso en las menos severas como el retraso mental ligero, es la de no realizar ejercicios físicos de forma sistemática. Esto ocurre, en primer lugar, porque cuando nos encontramos con la presencia de afecciones médicas intercurrentes, los padres, dentro de sus mecanismos de sobreprotección, tienden a desestimar la práctica del deporte, viendo esto como un peligro para la salud del niño, y no como una forma de desarrollar su capacidad física. Y, en segundo lugar, porque la complejidad de encontrar un deporte adecuado que cubra las necesidades de un niño se multiplica por tres cuando éste trae en su mochila una discapacidad.
Esto se comprueba en numerosos estudios que aseguran que las personas con síndrome de Down han mejorado su capacidad física con la práctica deportiva habitual. Además, dicha práctica continuada, ha logrado que actitudes de rechazo se vayan transformando en amabilidad y sociabilidad.
Y es que si nos proponemos que todos los niños tengan un desarrollo integral, no podemos dejar de incluir el deporte, la relación entre iguales y el ejercicio físico como elementos imprescindibles para el logro de una buena calidad de vida y de una plena integración social. Por todo ello, la práctica deportiva debe cumplir una serie de funciones fundamentales:
El principal objetivo es la salud y el buen estado físico, sobre todo cuando se tiene tendencia al aumento de peso y al sedentarismo, como es el caso.
Mantenimiento de un nivel progresivo en el aprendizaje. Las metas planteadas a priori suponen la base de los fines a conseguir, y si éstos se realizan de forma divertida y dinámica, se es capaz de disfrutar de manera constante con los logros y beneficios alcanzados, infundiendo la confianza para explorar nuevas ambiciones, que en un principio no se habían abordado. Esto es a lo que llamamos: “Metodología progresiva”.
Reconocimiento personal y social. La persona tiene una fuerte necesidad de ser aceptada, y los programas deportivos son un marco indiscutible para la integración social que consolida este tipo de aceptación.
La autoestima es otra de las prioridades, para lo cual será indispensable el desarrollo del autocontrol, la cortesía y habilidades sociales, el respeto y la cooperación con los demás, etc.
Así que es hora de dar un paso más en el campo de la inclusión y dejar atrás las Paraolimpiadas como el único momento público de los discapacitados en el deporte.
Cristina Guerra Santana
Licenciada en Magisterio por Educación Especial
Entrenadora Nacional Superior en Sambo Defensa Personal

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